Durante casi un siglo, el arquetipo del resguardo patrimonial global reposó sobre una imagen dorada: una bóveda en Paradeplatz o el Lago Lemán, protegida por el célebre Artículo 47 de la Ley Bancaria Suiza de 1934. La promesa era simple pero categórica: el banquero suizo iría a prisión antes de revelar la identidad de un titular de cuenta ante tribunales extranjeros. Aquel pacto implícito fundó las fortunas de la posguerra. Sin embargo, en la era contemporánea, esa imagen es un fósil normativo.
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